Planta un arbol

Yo Planté un Árbol es la campaña en Chile de A Million New Trees, una iniciativa de UNEP (Programa de las Naciones Unidas por el Medio Ambiente) cuyo objetivo es -como su nombre lo dice- plantar un millón de nuevos árboles esta vez en Chile. Para participar de la inciativa, sólo debes comprar una “GreenBox”, un pack que trae un nuevo árbol (Quillay de 20 cms de altura aprox) en una maceta biodegradable, un código que te permitirá plantar su representación virtual en la web, y la polera oficial de la campaña.
¿Y por qué plantar árboles?
Porque un árbol absorbe una tonelada de dióxido de carbono (CO2) durante su vida. Porque el CO2 es el principal gas de efecto invernadero. Porque plantando árboles contrarrestamos la deforestación Porque al actuar nosotros, concientizamos a quienes nos rodean. Porque plantando un árbol nos estamos comprometiendo con un Planeta mucho más sano para ésta y futuras generaciones.
Link:
Sitio oficial (yoplanteunarbol.cl)
Grupo de Facebook yoplanteunarbol.cl (facebook.com)
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15 Comentarios
Planta un arbol
Me parece excelente la iniciativa, considerando además la especie que seleccionaron, ya que como algunos tenemos claro, lo importante no sólo es tener volumen de árboles, lo importante es no producir más impacto, como sería plantando eucaliptus u otros.
ResponderSaludos.
Me encanta esta página pero porfavor no pongan errores tan fuertes como decir "Porque el CO2 es el principal gas de efecto invernadero."
Responderplease =)
@Nikkolazo aunque es una cita textual de la página de yoplanteunarbol, no veo el error. El CO2 si bien no es el único GEI ni el más dañino, si es el mas abundante, el principal, y en términos de contribución final al efecto invernadero, el más significativo.
ResponderSaludos
Igual como que es medio comercial el asunto.. te dicen que compres su pack. Saludos
ResponderSegún un estudio que acaba de salir de PUC, en Santiago faltan entre 10 y 14 millones de arboles...
ResponderEn estricto rigor, el que aporta más "invernadero" al medio ambiente es el vapor de agua, luego el CO2, seguido del Metano y otros.
Supongo que el precio de cada uno de los arboles es el costo... para que pensar mal, y si finalmente es un negocio, es uno que aporta.
El gas de efecto invernadero más abundante en la atmósfera es el vapor de agua!
ResponderEl CO2 se cita tanto por que es una medida de la fuerza radiativa de los gases invernaderos en general.
Me parece increíble!!! Hay que crear esa conciencia de plantar árboles y dar la oportunidad de hacerlo tambien!!
ResponderMuchas gracias VV!!
Igual yo creo que debiesen crear una alternativa un poco más económica, como por ejemplo, sólo el árbol sin el "merchandising", para que más gente pueda ayudar, tener varias alternativas, hay quienes quieren ayudar pero no necesitamos andar vistiendo la Prueba de ello.
ResponderSaludos.
Me encantaría trabajar en un proyecto que además de darme de comer, ayudará a solucionar el problema mas transversal del mundo. Ojala el 1% de los negocios o proyectos que nacen día a día se puedan sustentar y a la vez ayudar. Excelente idea.
ResponderNOTABLE!!!!!
A mí tambien me parece demasiado mercantil el asunto, cuando uno puede plantar un arbol anonimamente, gracias a semillas que uno se consiga y sin gastar un peso de más.
ResponderLa idea es buena, la promocion, apropiada, el medio, cuestionable... Prefiero plantar por mi propia iniciativa (como lo he hecho con relativa frecuencia durante dos años), no necesito una polera ni andar presumiendo en Facebook o algo así de que planté un árbol.
Buena iniciativa, espero que todos nos sumemos no necesariamente a esta campaña, si no que seamos uno mas que plantemos un arbol, yo he plantado 2, y tengo 3 mas esperando ser plantados.
Responderconcuerdo con algunos que mucho que le agregaron la polerita, y todo muy lindo pero 10 lukas?, con eso planto 3 arboles y no uno.
Deberia estar la opcion sin polera y mas barato, la idea es plantar arboles.
Conozco bien a los chicos que desarrollaron esto y lo que han recaudado lo han utilizado para pagar lo que les costó desarrollar el sitio y mandar a hacer poleras y cajas para tener un buen stock. Además están organizando eventos para juntar gente y plantar árboles en distintos lugares y eso también lo costean ellos justamente con lo que se gana de esas 10 lucas. Bien por ellos, ojalá a todos se nos ocurrieran cosas así y las pusiéramos en práctica que es lo más difícil.
Respondermande un mail a hola@yoplanteunarbol.cl y no responden jaujaau
ResponderEl hombre que plantaba árboles.
ResponderPor Jean Giono. Traducción de Pilar Glez. Dueñas.
Para que el carácter de un ser humano revele cualidades realmente excepcionales, debemos tener el privilegio de poder observar sus acciones a lo largo de muchos años. Si estas acciones están desprovistas de todo egoísmo, si la idea que lo dirige es de una generosidad ejemplar, si tenemos la certeza de que no ha buscado recompensa alguna y además ha dejado huellas visibles en el mundo, entonces nos encontramos con toda seguridad ante un carácter inolvidable.
Hace aproximadamente cuarenta años, hacía yo una larga travesía a pie, en las regiones altas por completo desconocidas para los turistas, en esta viejísima región de los Alpes que penetra en la Provenza.
Esta región está delimitada al sureste y al sur por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Mirabeau; al norte por el curso superior del Drome desde su nacimiento hasta Die; al oeste por las planicies de Comtat Venaissin y los alrededores de Mont-Ventoux. Comprende toda la parte norte del departamento de los Bajos Alpes, el sur del Drome y un pequeño enclave de Vaucluse.
Eran éstas, en el momento en el que emprendí mi largo viaje por estos desiertos, tierras desnudas y monótonas, entre 1200 y 1300 metros de altitud. Nada crecía allí excepto lavandas silvestres.
Yo atravesaba esta región por su parte más ancha y, al cabo de tres días de marcha, me encontré en medio de una absoluta desolación. Acampé al lado del esqueleto de un pueblo abandonado. Se me había acabado el agua el día anterior y necesitaba encontrar más. Aunque no eran más que ruinas, aquellas casas apelotonadas como un viejo nido de avispas, me hicieron pensar que en un tiempo debió haber existido allí un pozo o una fuente. Había una fuente, en efecto, pero estaba seca. Las cinco o seis casas que ya estaban sin techo, horadadas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con el derruido campanario, estaban alineadas como en un pueblo vivo, pero toda señal de vida había desaparecido.
Era un hermoso día de junio bañado por el sol, pero en estas tierras altas y desabrigadas el viento soplaba con una brutalidad insoportable, gruñendo sobre los cadáveres de las casas como una bestia salvaje que ha sido interrumpida mientras se alimenta.
Tuve que levantar el campamento. Después de cinco horas de marcha aún no había encontrado agua ni algo que me diera esperanza de encontrarla. Por todas partes la misma aridez, las mismas hierbas leñosas. Me pareció percibir en la distancia una pequeña silueta negra, de pie. La tomé por el tronco de un árbol solitario. Sin saber qué esperar me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una treintena de corderos reposaban sobre la tierra ardiente cerca de él.
Me dio de beber de su cantimplora y, un poco más tarde, me condujo a su aprisco, situado en una ondulación de la meseta. Su agua, de sabor excelente, provenía de un pozo natural muy profundo, en el que había instalado un cabestrante rudimentario.
Este hombre hablaba poco, como suele ocurrir con los solitarios, pero parecía seguro de sí mismo y confiado en esta seguridad. Era algo insólito en esta tierra despojada de todo. El pastor no vivía en una cabaña sino en una sólida casa de piedra. Era evidente que él personalmente había restaurado la ruina que había encontrado a su llegada. El tejado era sólido e impermeable. El viento golpeaba las tejas con un sonido como el del mar sobre la playa.
Su casa estaba ordenada, la vajilla lavada, el suelo había sido fregado, su fusil engrasado; su sopa hervía en el fuego. En ese momento me di cuenta de que él también estaba recién afeitado, que todos sus botones estaban bien cosidos, que su ropa estaba remendada tan meticulosamente que los remiendos eran invisibles.
Él compartió su sopa conmigo y cuando después de cenar le ofrecí tabaco de mi petaca, me contestó que no fumaba. Su perro, silencioso como él, era amigable sin llegar a ser servil.
Habíamos acordado desde el principio que yo pasaría la noche allí; el pueblo más cercano quedaba a más de una jornada y media de camino. Además, yo conocía bien el carácter de los escasos pueblos de esta región. Había cuatro o cinco de ellos esparcidos a cierta distancia entre sí sobre las laderas de estas colinas, en los bosquecillos de robles en el extremo mismo de los caminos transitables por carretas. Están habitados por leñadores que se dedican a hacer carbón vegetal. Son lugares donde la vida es precaria. Las familias se apretujan unas contra otras en este clima riguroso tanto en invierno como en verano, redoblando su egoísmo en este aislamiento. La ambición irracional se desboca en el deseo continuo de escaparse de este lugar.
Los hombres llevan su carbón a la ciudad con sus camiones y luego vuelven al pueblo. Las cualidades más sólidas se desmoronan en este clima de extremos. Las mujeres cocinan a fuego lento sus rencores. Se compite por todo, por la venta del carbón y por los bancos de la iglesia. Las virtudes luchan entre sí, los vicios luchan entre ellos mismos y hay una lucha general entre los vicios y las virtudes, sin descanso. El viento igualmente incansable irrita los nervios. Hay epidemias de suicidios y numerosos casos de locura que en la mayoría de los casos terminan en asesinato.
El pastor que no fumaba sacó un pequeño saco y vació su contenido sobre la mesa. Se trataba de un montón de bellotas que comenzó a examinar una por una con mucha atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa. Cuando me ofrecí a ayudarlo me contestó que debía hacerlo él. En efecto, viendo el cuidado que ponía en esta tarea, decidí no insistir. Esta fue toda nuestra conversación. Cuando hubo seleccionado un buen montón de bellotas buenas procedió a agruparlas en montones de diez, examinándolas más de cerca y descartando de nuevo las bellotas más pequeñas y aquéllas que estaban ligeramente rajadas. Cuando tuvo delante de él cien bellotas perfectas se detuvo y nos fuimos a dormir.
La compañía de este hombre me hacía sentir en paz. Al día siguiente le pedí permiso para descansar todo el día en su casa. Él encontró esto perfectamente natural o, para ser más exacto, me dio la impresión de que nada podía molestarlo. Este descanso no me era absolutamente necesario, pero estaba intrigado y quería saber más sobre este hombre. Dejó salir a su rebaño y lo llevó a pastar. Antes de salir, cogió el saquito con las bellotas que tan cuidadosamente había seleccionado y contado y lo puso a remojar en un cubo de agua.
Me di cuenta de que llevaba a guisa de bastón una barra de hierro del grosor de un pulgar y de un metro y medio de largo aproximadamente. Yo seguí una ruta paralela a la suya, haciendo como si estuviera dando un paseo sin prisa. Sus ovejas pastaban en el fondo de un pequeño valle. Dejó el pequeño rebaño al cuidado de su perro y subió hacia el lugar donde yo me encontraba. Por un momento temí que viniera a reprocharme mi indiscreción pero no era así: me invitó a acompañarlo en su camino, si no tenía nada mejor que hacer. Su ruta seguía doscientos metros más colina arriba.
Habiendo llegado al lugar escogido, comenzó a hacer agujeros en la tierra con su barra de hierro. En estos agujeros metía las bellotas y a continuación las cubría de tierra. Estaba plantando robles. Le pregunté si la tierra era suya. Me respondió que no. ¿Sabía de quién era? No lo sabía. Suponía que era una tierra comunal o quizá a los dueños no les importaba. A él no le importaba saber quién era el dueño. De esta manera plantó cien bellotas con el mayor esmero.
Después del almuerzo siguió seleccionando bellotas. Debo haber preguntado con bastante insistencia, ya que conseguí que me respondiera. Desde hacía tres años se dedicaba a plantar árboles en soledad. Había plantado cien mil bellotas. De estas cien mil, veinte mil habían germinado. De estas veinte mil calculaba que perdería la mitad a causa de los roedores o por cualquier otro impredecible designio de la Providencia. Restaban diez mil robles que crecerían en este lugar donde previamente no había nada.
Fue entonces que empecé a preguntarme qué edad tendría aquel hombre. Representaba tener más de cincuenta años. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Elzéard Bouffier. Había sido propietario de una granja en la llanura. Allí había hecho su vida. Había perdido a su hijo único, después a su esposa. Se había retirado a esta soledad donde disfrutaba de la vida pausada en compañía de su rebaño y su perro. Había llegado a la conclusión de que este país se estaba muriendo por falta de árboles. Añadió que, no teniendo ninguna otra ocupación importante, había decidido remediar este estado de cosas.
A pesar de mi juventud, yo llevaba en ese momento una vida solitaria, por lo que sabía acercarme con delicadeza a las almas solitarias. Sin embargo, cometí un error. Precisamente era mi juventud la que me forzaba a imaginar el futuro según mis propias capacidades y una cierta búsqueda de la felicidad. Le dije que dentro de treinta años estos diez mil robles serían árboles majestuosos. Me contestó muy simplemente que, Dios mediante, en treinta años más habría plantado tantos árboles que estos diez mil serían como una gota de agua en el océano.
De hecho, había comenzado a estudiar la propagación de las hayas. Había instalado cerca de su casa un vivero para reproducir hayucos. Los había protegido de la voracidad de sus corderos con una empalizada de malla, y crecían fuertes y hermosos. También estaba considerando plantar abedules en el fondo de los valles donde, según me dijo, la tierra se mantenía húmeda a algunos metros de la superficie.
Al día siguiente nos separamos.
El año siguiente estalló la guerra del 14 y yo serví como soldado durante cinco años. Durante este tiempo en la infantería apenas tuve ocasión de reflexionar sobre el asunto de los árboles que de todas formas no me había dejado una profunda impresión: lo consideré como una afición, como coleccionar sellos, y me olvidé de todo.
Cuando terminó la guerra me quedó una minúscula prima de desmovilización y un gran deseo de respirar un poco de aire puro. Sin ninguna otra expectación fue que retomé el camino hacia aquellas tierras desiertas.
La región no había cambiado. Sin embargo, más allá del pueblo abandonado vislumbré en la lejanía una especie de neblina gris que cubría las colinas como una alfombra. Desde la víspera había estado pensando en el pastor que plantaba árboles. «Diez mil robles, me dije, deben de ocupar mucho espacio».
Después de cinco años de sangrienta guerra me era fácil imaginar la muerte de Elzéard Bouffier, más aún porque a la edad de veinte años se tiene la idea de que a los hombres de cincuenta no les queda otra cosa que morir. Pero no estaba muerto, sino muy vivo y lleno de vitalidad. Había cambiado de oficio. Ya no tenía más que cuatro ovejas y había adquirido un centenar de colmenas. Se había desecho de los corderos que ponían en peligro sus arbolitos. La guerra, me dijo (y yo podía constatarlo) no lo había preocupado en absoluto. Él había seguido plantando árboles de la misma forma.
Los robles de 1910 tenían ahora diez años, y estaban más altos que yo y que él. El espectáculo era impresionante. Yo me quedé literalmente privado de la palabra y, como él apenas hablaba, nos pasamos todo el día en silencio paseando por su bosque. Éste estaba dispuesto en tres secciones que medían en total once kilómetros de largo y tres kilómetros en su parte más ancha. Recordando que todo esto había salido de las manos y del alma de este hombre, sin medios técnicos, llegué a la conclusión de que los hombres pueden ser tan eficaces como Dios en otros dominios además de la destrucción.
Él había puesto en práctica su idea, y las hayas que me llegaban ya a los hombros y se extendían hasta donde alcanzaba la vista, eran prueba fehaciente de ello. Los robles habían crecido tanto que ya no corrían peligro de ser destruidos por los roedores; en cuanto a los designios de la Providencia, haría falta un ciclón para destruir esta creación. El pastor me mostró los admirables bosquecillos de abedules que había plantado hacía cinco años, es decir en 1915 cuando yo combatía en Verdún. Con ellos había poblado los fondos de los valles donde sospechaba acertadamente que había humedad casi a flor de tierra. Eran tiernos como adolescentes y muy decididos.
La obra parecía estar causando una reacción en cadena. A él no le importaba; se limitaba a seguir realizando obstinadamente su sencilla tarea. Pero al volver a pasar por el pueblo vi que los arroyos que habían estado secos desde tiempo inmemorial ahora llevaban agua. Se trataba de la más formidable resurrección que he tenido el privilegio de presenciar. Por el lecho de estos arroyos secos había en tiempos remotos corrido el agua. Algunos de estos puebluchos tristes de los que he hablado al principio de mi relato habían sido construidos sobre los emplazamientos de antiguos asentamientos galorromanos, de los que aún quedaban ruinas; en ellas los arqueólogos habían encontrado anzuelos en lugares donde ahora hacen falta cisternas para tener un poco de agua.
El viento se había encargado de dispersar ciertas semillas. Al volver el agua, volvieron con ella los sauces, los mimbres, los prados, los jardines, las flores y una cierta alegría de vivir.
Pero la transformación era tan paulatina que había pasado a ser parte de lo cotidiano sin provocar incredulidad. Los cazadores que recorrían las alturas solitarias detrás de una liebre o un jabalí habían notado la aparición de los arbolillos pero lo atribuían a la malicia natural de la tierra. Era por esto que nadie había malogrado la obra de este hombre. Si alguien hubiera sospechado algo, le habrían puesto impedimentos. Pero nadie sospechó. ¿Quién hubiera podido imaginar, en los pueblos y en las administraciones, una obstinación tal movida por la generosidad más absoluta?
A partir de 1920 nunca dejé pasar más de un año sin ir a visitar a Elzéard Bouffier. Nunca lo vi flaquear ni dudar. Si Dios tuvo mano en este asunto ¡sólo Él lo sabe! Aunque hasta ahora no he relatado sus fracasos, es comprensible que para lograr una hazaña como ésta, fuese necesario superar muchas adversidades; para asegurar la victoria de una pasión como ésta, fue necesario luchar contra el desaliento. Este hombre plantó más de diez mil arces en un año. Todos murieron. Al año siguiente decidió dejar los arces y volvió a plantar hayas, las cuales crecieron mejor incluso que los robles.
Para tener una idea más exacta de este personaje excepcional hay que tener en cuenta que realizaba esta labor en total soledad; tan total que en los últimos años de su vida había perdido la costumbre de hablar. ¿O acaso creía que no era necesario?
En 1933 recibió la visita de un guardia forestal muy sorprendido. Este funcionario le dio la orden de no encender fogatas al aire libre, no fuese a provocar un incendio que pusiese en peligro a este bosque natural. Era la primera vez, dijo este ingenuo, que veía crecer un bosque por sí sólo.
Fue por esta época que el pastor había decidido plantar hayas a doce kilómetros de su casa. Para ahorrarse las idas y venidas, puesto que en esta época contaba ya con sesenta y cinco años, se le ocurrió construir una cabaña de piedra en medio de sus bosques, lo cual hizo el año siguiente.
En 1935, una auténtica delegación administrativa vino a examinar el «bosque natural». Vino un gran personaje del Ministerio de Aguas y Bosques, un diputado, algunos técnicos. Se dijeron muchas palabras inútiles. Se tomó la decisión de hacer algo y, felizmente, no se hizo nada excepto la única cosa que podía servir de algo: se puso el bosque a cargo del estado y se prohibió la quema de madera para hacer carbón. Pues era imposible no verse subyugado por la belleza de estos jóvenes árboles llenos de vigor. Incluso el diputado fue presa del poder de seducción de ésta.
Yo tenía un amigo entre los jefes de guardabosques que formaban parte de la delegación. Le expliqué lo que para él era un misterio. A la semana siguiente nos dirigimos juntos a la casa de Elzéard Bouffier.
Lo encontramos en plena tarea, a veinte kilómetros del lugar donde se había realizado la inspección.
Este guardabosques era mi amigo con buena razón. Conocía el valor de las cosas. Permaneció en silencio. Le ofrecí unos huevos que había traído conmigo como regalo. Dividimos nuestra pitanza entre los tres y pasamos varias horas contemplando en silencio el paisaje.
La ladera donde habíamos estado estaba cubierta de árboles de seis a siete metros de altura. Recordé el aspecto de aquel lugar en 1913: un desierto… El trabajo apacible y regular, el aire vibrante de las montañas, la vida frugal y, sobre todo, la serenidad del alma habían dotado a este viejo de una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me pregunté cuántas hectáreas llegaría a cubrir de árboles.
Antes de partir, mi amigo se limitó a sugerir brevemente algunas especies que podrían crecer bien en este tipo de terreno. No insistió. «Por la sencilla razón, me dijo después, de que este hombre sabe más que yo». Después de una hora de marcha en la que había estado dándole vueltas a esta idea, añadió: «De hecho sabe más que todo el mundo. ¡Ha encontrado un método encomiable para ser feliz!»
Este guardabosques se encargó de proteger no sólo el bosque, sino también la felicidad de este hombre. Para esto hizo que se asignaran tres guardas forestales y los aterrorizó hasta el punto de hacerlos inmunes a las botellas de vino que pudieran ofrecerles los leñadores.
La obra sólo corrió serio peligro una vez, durante la guerra de 1939. Los automóviles funcionaban en aquella época con metanol, y nunca había bastante leña. Empezó la tala de algunos robles de 1910, pero la empresa resultó no ser rentable por estar estos bosques demasiado apartados de la red de carreteras.
El pastor nunca se enteró de lo que pasó. Se encontraba a treinta kilómetros de allí, plantando árboles apaciblemente en medio de la guerra del 39 como lo hizo durante la del 14.
La última vez que vi a Elzéard Bouffier fue en junio de 1945. Tenía entonces ochenta y siete años. Yo me dirigía una vez más al desierto, pero ahora, a pesar de que la guerra había dejado el país en un estado de desolación, había un autobús que hacía el recorrido entre el valle del Durance y la montaña. Atribuí a la relativa rapidez de este medio de transporte el hecho de que no pude reconocer los lugares de mis últimas caminatas. Me pareció también que pasábamos por lugares totalmente nuevos. Tuve que averiguar el nombre de uno de los pueblos para asegurarme de que era la misma región que otrora estuvo desolada y en ruinas. El autobús me dejó en Vergons.
En 1913, esta aldea de diez o doce casas tenía tres habitantes, gentes salvajes que se detestaban y se ganaban la vida como tramperos, en un estado físico y moral cercano al del hombre prehistórico. A su alrededor, las ortigas devoraban las casas abandonadas. Su condición era desesperada. No les quedaba más que esperar la muerte, situación que no los predisponía a la virtud.
Todo había cambiado. Incluso el aire mismo. En lugar del viento seco y brutal que en otro tiempo me diera la bienvenida, ahora soplaba una suave brisa cargada de aromas. Un sonido como el del agua me llegaba de las colinas: era el viento entre los árboles. Pero, para mi asombro, escuché realmente el sonido de agua cayendo en un estanque. Pude ver que habían construido una fuente con abundante agua y, lo que me emocionó aún más, habían plantado un tilo que a juzgar por su grosor podía tener unos cuatro años, símbolo indisputable de aquella resurrección.
Además, Vergons mostraba signos de un trabajo que no podía haberse realizado sin esperanza. Esto significaba que la esperanza había vuelto al pueblito. Las ruinas y los muros medio derruidos habían desaparecido, y en su lugar había cinco casas nuevas. La aldea tenía entonces veintiocho habitantes, incluyendo cuatro matrimonios jóvenes. Las nuevas casas, recién enlucidas, estaban rodeadas de jardines donde crecían entremezclados pero de forma ordenada las legumbres y las flores, los repollos y los rosales, los puerros y los dragoncillos, los apios y las anémonas. Se había transformado en un lugar donde uno podría vivir feliz.
A partir de allí, seguí mi camino a pie.
La guerra que acababa de terminar no nos había permitido vivir con plenitud, pero al menos Lázaro estaba fuera de la tumba. Sobre las laderas más bajas de la montaña vi pequeños campos de cebada y centeno; en el fondo de las estrechas cañadas algunas praderas se tornaban de color verde.
Han pasado sólo ocho años y ya toda la región rebosa de salud y bienestar. En lugar de las ruinas que vi en 1913 hay ahora granjas cuidadas y prósperas, prueba de una vida feliz y confortable. Los antiguos manantiales, alimentados por la lluvia y la nieve que retienen las raíces de los árboles, han vuelto a brotar. Se han canalizado las aguas. Al lado de cada granja, en los bosquecillos de arces, los manantiales están flanqueados de matas de menta fresca. Los pueblos se han ido reconstruyendo poco a poco. Una población proveniente de las llanuras donde la tierra se vende cara se ha establecido aquí, trayendo con ellos juventud, movimiento y espíritu de aventura. En los caminos se ven hombres y mujeres bien nutridos, muchachos y muchachas que saben reír y que de nuevo se deleitan en asistir a las fiestas campesinas. Contando los habitantes originales, que ahora llevan una vida dulce, y los últimos en llegar, en total son más de diez mil personas que deben su felicidad a Elzéard Bouffier.
Cuando pienso que un hombre solo, contando sólo con limitados recursos físicos y morales, ha bastado para transformar este desierto en la tierra de Canaán, llego a la conclusión de que, a pesar de todo, la condición humana es admirable. Pero cuando considero la constancia y la dedicación que ha debido de tener esta alma generosa para obtener este resultado, me embarga un inmenso respeto por este viejo campesino sin estudios que supo llevar a bien esta obra digna de Dios mismo.
Elzéard Bouffier murió apaciblemente en 1947 en el asilo de Banon.
Necesito contactarme con uds. Les tengo una propuesta.
ResponderPor favor escríbanme.
gracias
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