Oficios de Ciudad

En medio de la ciudad invadida por los malls y la industrialización, aún subsisten los artesanos que ejercen y viven de sus oficios, los oficios de ciudad

Aún es posible encontrar en las antiguas ciudades europeas -italianas, francesas y españolas, principalmente- lugares en donde se realizan trabajos al más puro estilo artesanal. Son oficios de mano y de manos que afrontan la cantidad y rapidez que exhibe la producción industrial seriada y masiva, con calidad y tiempo. Por lo mismo producen menos pero cada una de sus piezas es única y el público sabe recompensarlo.

Cerca de la plaza San Marcos de Venecia, hay un artesano que repara muebles y los tapiza como si nos encontrásemos en pleno siglo XVIII. En la calle Godot de Mauroy en Paris, junto al templo clásico de la Madeleine, aún es posible encontrarse con artesanos que trabajan el cuero. En las cercanías de la plaza Mayor de Toledo, en el misma cima de la empinada ciudad, se concentran los oficios relacionados con el damasquinado, el grabado artístico del hierro siguiendo antiguas tradiciones árabes. En Taramundi, un lugar escondido entre las montañas de Asturias encontramos  artesanos que fabrican navajas manualmente, y tienen reputación de ser las mejores.

La lógica nos diría que para encontrar actividades que aún se desarrollen artesanalmente, no debiéramos buscarlas en países industrializados sino en uno en vías de desarrollo, como Chile.  Pero el mercado no es lógico. Es sencillamente cruel para los locatarios que aún persisten en su oficio.

Después de la muerte de los  sastres y de las costureras, motivada por la importación de ropa de segunda mano y/o de muy  bajo precio, y la agonía de los afiladores de cuchillos, pocas son las viejas ocupaciones que van quedando en el inventario del barrio: catálogos trasnochados, listados telefónicos de gente que ya no es más. Se marcharon los estiradores de somieres y los arregladores de paraguas, se marcharon para siempre una noche cualquiera sin hacer mucho ruido, se fueron buscando el nunca más. Tampoco las casas de repuestos se han salvado del imperio iconoclasta que padece la ciudad, aclarando su piel pero borrando sus huellas.

Oficios de calle, liturgias de bocinazos y largas moradas, tal como moraba en la demora el vendedor de barquillos o el organillero con su loro y su canción. Ya no se ven más.

En un país volcado a la exportación de sus materias primas y la importación de productos procesados, pocos son los oficios que se requieren para cubrir las necesidades básicas de los ciudadanos. Y de paso, también van quedando rezagados de modernidad, atragantados por las tecnologías los oficios del barrio, del almacén, del lechero,  del panadero que llegaba a nuestra casa en su triciclo, justo al mediodía, con una crujiente marraqueta recién horneada.
Aguas abajo de la Alameda, a la altura del 3500, en su cornisa sombreada la mayoría y otros menos, de cara al sol, aún es posible encontrarnos con algunos oficios que como resabios de otro tiempo, persisten en su diario vivir. Son fabricantes de sueños breves y posibles, serenos de la historia que se ha quedado grabada en la corteza de los plátanos orientales y los adoquines que conviven junto a los viejos hierros de los tranvías, bajo el moderno asfalto de la Alameda. Constructores de bicicletas, marqueteros, zapateros, chatarreros, artesanos del cuero y también de Santiago Montecinos, un solitario artesano fabricante de instrumentos musicales a quien le da reparo denominarse luthier (en la foto superior). Su hablar pausado marca el ritmo de la conversación, midiendo las palabras y tambien las pausas, como su fuese un metrónomo que regule el tiempo de las ideas. Los que pasan por su talller siempre encontrarán la palabra justa y la idea precisa sin ningún ruido y tampoco con el gratuito desafino.

Un local emplemático es el de bicicletas Origan  que, a pesar de las idas y venidas de sus dueños, nuevamente aloja las instalaciones de la empresa.

Los Aníbal Ormeño padre e hijo, con varias décadas a cuestas son los habitantes más longevos del sector. Siempre en su ochavo de la Alameda con la calle Wenceslao Sánchez -un político liberal de los tiempos de Balmaceda- construyendo parte a parte, más que fabricando que son palabras mayores, las bicicletas Origan.

Son las mismas que han disfrutado niños y adultos del barrio y que luego han traspasado a sus hijos con algún ajuste y una nueva pintura. Aníbal padre con 94 años bien vividos y mejor cumplidos,  cada mañana como tantas mañanas a lo largo de su larga vida repone las partes rotas de las bicicletas que les traen antiguos clientes, rehaciendo las piezas faltantes mediante el torno.

Carlos Farias se ha ido haciendo a golpe de crisis económica y rehaciéndose a golpes de tiempos y necesidades de los viandantes que en un reguero persistente y continuo, recorren el trecho que hay entre los terminales del buses de San Borja y Alameda.

Esas tres cuadras que marcan la mudanza entre un mundo que llega y uno que sale, no pocas veces surge alguna necesidad de plantilla para los cansados pies del peatón o tal vez un pequeño souvenir de cuero, sin faltar el cinturón que mantiene en su posición el pantalón.

El enmarcador o marquetero Alexander Zuñiga habita con su oficio el taller que ya ocupaba su padre, un artesano de los marcos que se atrevió a importar materia de alta calidad para enmarcar los cuadros que clientes e instituciones requerían para reseñar un hecho significativo o bien para premiar la fidelidad y eficacia de un colaborador. Y asi, padre e hijo han enmarcado las emciones y las alegrias de miles de vecinos que han llegado a su taller para pintar de prestigio las rutinas y los logros.

En el 3571 de la Alameda, Sergio Cancino y Carlos Órdenes comparten local. Uno dedicado al remiendo de  zapatos y, el otro, a la chatarra de cobre.

Los zapatos habitan el suelo tal como las mariposas habitan el aire. Entremedio se sienta Sergio Cancino haciendo malabarismos para dejar en condiciones de usos los escarpines, chapines, botas y sandalias que traen los vecinos del barrio. Junto a Carlos Órdenes el chatarrero que da vuelta el año con las ganancias que le proporcionan los cambios que experiementa el precio del cobre.

Tal vez, Carlos Vidal sea el más reciente de los artesanos que ofician en el sector. Quizás pudo haber llegado antes que otros, pero su propio trabajo lo recluye en el interior de su taller.

Todos ellos son habitantes de la humildad que confiere morar las pausas con modestia,  atrapados en un pasar que no reconoce el trabajo artesano, ni menos el arte ni el oficio. Nunca han recibido ninguna ayuda de las instituciones oficiales tal como las  subvenciones que reciben las grandes actividades económicas y las concesiones. Desplazados  por las grandes malls y shoppings, por las modas y las importaciones de ultramar, persisten en su hacer, a golpe de la indiferencia de los políticos municipales, cultores de la desidia y la farándula, censores de la cultura del éxito y del voto fácil.

Son artesanos que han caído ya varias veces en el hoyo del fracaso, pero han tenido la humildad de levantarse sin ayudas ni becas. Están más allá de esos programas que financian entre cuatro paredes a pintores y  cineastas. Tampoco frecuentan las grandes veladas tal como los poetas y sus protectores. Y así ellos se van alejando tal como se alejan las nubes después de los truenos y antes de las heladas que secarán los frutos del país. Son Santiago, Alex, Carlos, Anibal, Marcos, Chicho.

Mis amigos, que practican cada día los oficios de ciudad.

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